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Subir por las caídas

 

Por el amigo Abel

 

Como los nombres son una arbitrariedad de quienes, incluyendo a Dios, los adjudican, el título de las siguientes líneas —casi verdaderas por atenerse solamente a la memoria— puede parecer un capricho, pero se ajusta, creo, a cierto talante de vida encarnado por mi recién desaparecido amigo Jorge Salmón Ríos. Además, haciendo honor a sus apellidos, él sí supo subir, sin duda de manera aciaga, por sus caídas más tempranas, hasta convertirlas en un río de reivindicación vital para su familia, para la poesía y para quienes nos sentimos ya por siempre sus amigos.

Mi evocación, con la agravante de su brevedad, tiene un tufillo intimista que debiera sonrojarme. Y, sin embargo, no es así. El hecho de que en varios aspectos, a lo largo de los años, mi vida guardara cierto paralelismo con la del susodicho, me ha gratificado a la hora de los recuentos (y estoy seguro de no ser el único), con un cociente humanista muy enriquecedor.

Aunque sólo me limitaré a repasar algunos puntos de ese paralelismo existencial con el amigo, me referiré, sobre todo, al rompimiento necesario respecto de la consabida infancia recitativa con que nuestros maestros de secundaria nos inician según eso en las artes del buen decir y de escribir; ruptura inevitable si se quiere trasponer el muro narcisista de cursilerías levantado por el altísimo arancel que aplicamos al evaluar nuestras propias primera letras.

 

Uno

«¿Salmón?», recuerdo que pensé. «Charros. Qué o de qué con este ñero. Cuál es su onda o en qué estudiantinas toca. Apoco se trepa por las cascadas como esos pescadotes. Que sea menos, cuais».

Mi trompetada, artificiosamente ondera, no tardó cuatro segundos en disiparse. Porque entonces, un poco al estilo de James Bond pero sin sus petulancias, aquel ñero completó:

Salmón. Jorge Salmón.

«¡Ajá!», deduje listillo. «Entonces Salmón es apellido».

Esto sucedió la tarde de un día que no recuerdo, en un mes que también se me ha olvidado, al principio de los tórridos setenta, lo cual significa que ya se abatieron casi cuarenta años de tormentas sobre nuestras pobres azoteas de neuronas oxidadas.

La tarde de referencia, se cumplía con el protocolo paradójicamente informal de las autopresentaciones durante alguna sesión del taller literario José Revueltas, fundado por José de Jesús Sampedro y Alberto Huerta, en el que ambos fuimos acólitos efímeros. A él, menos fugitivo que yo, lo invitó el también desaparecido Ricardo Reyes Mata. Yo iba casi de colado. El protocolo solía efectuarse cuando autores fuereños (casi siempre capitalinos) visitaban el taller para ayudar en nuestra formación de futuros premios Nobel, y hasta es posible que, poco antes de dar mi nombre, me agazapara tras la butaca frente a mí para pasar inadvertido. El empaque de aquellos defeños con, me pareció, un millón de lecturas en el buche, me intimidaba hasta hacerme desaparecer bajo el temblor.

Desde el «Salmón. Jorge Salmón», el adolescente que así se presentaba me empezó a caer más o menillos bien. Con el tiempo, y a pesar de efímeros desencuentros, aquel «más o menillos» se me transformaría en una amistad acorazada.

 

Dos

Puesto que lo que alguna vez lastima no siempre se borra en ceros, recuerdo una sesión en que los neófitos, tan ilusionados como ilusos, leímos nuestros desvelos líricos de varias semanas. Al terminar nosotros, aquellas vacas sagradas no hicieron, ni siquiera por no dejar, un solo comentario. Nada de nada. Y no es que los hayamos dejado mudos de admiración, eso está claro. Más bien ni nos vieron ni nos oyeron, como diría un prócer neoliberal mucho años después. En cambio entre ellos, ¡válgame dios!

Porque luego tocó su turno a uno de los iniciados, y al terminar éste, los otros, de antiguo trato obsequioso entre ellos según se pudo ver, parecían no saber cómo salir de un intenso orgasmo. «¡Hermano!», lo festejaron: «¡Qué portento nos acabas de leer, hermano!» «Tú también, hermano», correspondería éste en el turno de sus iguales. «Hasta hiciste que se me cayeran los pantalones, hermano».

Admito que la exactitud literal me pueda fallar, pero no su contexto sustantivo, y esto, creo, fue una de las debilidades de cierto tallerismo de los primeros tiempos. Nuestras líneas no merecían el desdén aunque tampoco merecieran el aplauso (de esto no hay duda), incluso si las de ellos fueran, en efecto, tres kilómetros de maravillas, porque ¿qué ondas pues con el respetillo al temblor de los pipiolos? Es cierto que pescamos algunas enseñanzas (la importancia del verso libre, los corsés de algunas rimas, atrevernos a entrarle a los madrazos con las palabras —esas «putas» que había dicho Octavio Paz—) nomás con introducir la oreja por entre sus disquisiciones informadas. Suficientes para convencernos, más bien para convencerme de que, al menos en mi caso, todo lo escrito antes del taller podía ser muchas cosas, menos literatura. Así que una tarde, como si se tratara de una expiación heroica, entregué solemnemente al fuego mis palimpsestos preadolescentes para recomenzar «mi obra» en estado de «pureza». Pero aquello sólo fue la voladura obligada de certezas sin una alternativa emergente a la cual atenerme. Por eso, el posterior, sería un aprendizaje tan cuesta arriba. Luego me enteré de que el amigo Salmón también desistió del taller para irse a labrar, surco por surco, su besana en solitario.

 

Tres

Lo que retengo ya más claro en la memoria es que un par de años después de aquella tarde, Jorge Salmón se empezó a ganar un incipiente prestigio de subversivo en la ciudad de Guadalupe, al encabezar, en 1973, al frente de ciertas siglas de ardua pronunciación (el fugaz MPEU: Movimiento Popular Estudiantil Universitario), una protesta en contra de esas sanguijuelas feroces hijas de la avaricia que desangran día tras día al pueblo trabajador con el alza abusiva de tarifas cual gavilla dedicada al atraco en despoblado, etcétera. Se refería a los concesionarios de la línea Transportes de Guadalupe.

Antes aún de ese su primer disturbio, según me contaría luego el subversivo, ya se sabía mover de lo lindo por el mundillo bebedor de aquellos años. Ahí encontró toda una galaxia de congéneres, procedentes de variopintas madrigueras, con quienes había desarrollado un sólido sentido de pertenencia. Recuerdo que tiempo después de su revuelta, ya en Derecho, me atrevería a martirizarlo con aquella primera prédica (de seguro pedestre ni más ni menos que por pecar de buena fe) sobre aquel sendero peligroso que podía conducirlo hasta el delirium tremens etcétera. Las muecas un tanto burlonas que obtuve en mi porfía (insistí torpemente algunas veces) produjo uno de nuestros escasos desencuentros, por suerte pasajeros. Y pasarían algunos años antes de que se convirtiera en el primer candidato de la izquierda setentera para disputar al PRIla Presidencia Municipal de Guadalupe, cobijado por las masas campesinas del Frente Popular de Zacatecas (maoísta) al que yo pertenecía, y las siglas del (trotskista) Partido Revolucionario de los Trabajadores. Extrañísima combinación, según las riñas intestinas de esos tiempos.

 

Cuatro

Nunca he podido averiguar la razón exacta de semejante empatía ahora casi cuarentona. Por más de cuatro razones, los años de bohemia que marcaron de manera indeleble a su palomilla no habían sido para mí. Acaso creí advertir en aquel desarrapado una cierta fragilidad espiritual que lo empujaba como un exorcismo inexorable hacia las letras y el alcohol. ¿Pero quién, morralitos incluidos, no fue desarrapado en los tórridos setenta? O tal vez quise imaginar a un compañero de complejos durante aquel intersticio de pánico iletrado que quizá me estaba acogotando sólo a mí. Es que, como dije, a ciertas sesiones del taller, fundado «para rendir homenaje a José Revueltas: hombre ejemplar a quien no se ha hecho justicia» (cita casi textual de Sampedro), solían concurrir, ya dije, capitalinos blindados con un palmarés de lecturas que apantallaba. Ignoro si en algunos fuera pose, pero, aparte de bibliófilos (otros sí que lo eran de manera inigualable. Piénsese si no en José Emilio Pacheco, Alejandro Aura, Gerardo de la Torre, René Avilés Favila… Lástima que no me enteré cuando vino mi santón Juan Rulfo), aparte de bibliófilos, repito, algunos de aquellos fuereños (excluyo a Rulfo, a Pacheco, a Chumacero…) parecían profesionales de la facundia terrorista. Solían denostar de tal manera a la burguesía, al PRI–gobierno y a todo su pelaje de cabrones, que pudiera suponérseles tomando nomás un descansito entre dos levantamientos populares para venir a azorrillar con su nitroglicerina a los chichimecas zacatecos. «Con una veintena de estos adalides», pensaba yo, «¡u revua, pinche sistema burgués de explotación!» Dejaban pálido, madrugándole por más de tres décadas, a quien, desde la resistencia ciudadana, espetó en cadena nacional hace poco menos de un sexenio: «¡Al diablo con sus instituciones!»

 

Cinco

Dije que, junto con Salmón, fuimos acólitos efímeros del Taller José Revueltas, donde, en sus orígenes, parecía haber los consagrados y los demás. Como nosotros éramos de los segundos, aunque Salmón traía más cuerda que el suscrito, sucedió que, tarde o temprano, ambos nos alejamos del taller. Pero esto es relativo: uno nunca deserta completamente de los lugares donde alguna vez bebió el azoro. Por lo que a mí respecta, salvo por aquella única y malhadada lectura de dudosa poesía, no existían motivos para que, luego de mi mutis, se me extrañara en semejantes andurriales. Jorge, en cambio, sí sería echado de menos un buen rato.

Las razones de aquella fugacidad no tan pareja fueron en cambio parecidas, según nos lo confesamos tiempo después, cuando, siendo ya consejeros universitarios profesores por la entonces Escuela Preparatoria de la amadísima UAZ, empezamos a juntar arrestos para defender nuestras modestas certidumbres. Se debió, dijimos, al trato un tanto desdeñoso de algunos defeños que en lugar de criticar nuestros versos blandengues para que los mejoráramos, nos arrancaban la autoestima a tiras con su silencio o, cuando bien nos iba, con algún comentario ligeramente despótico–ilustrado. ¿Cuántos neófitos ilusionados deberían pasar por ese noviciado? ¿Cuántas veces se puede desollar el alma de un insonoro mozalbete desprovisto de letras y presencia de ánimo? Como se ve, no superábamos, aun entonces, la etapa en que con cualquier contrariedad se puede hacer  tragicomedia.

 

Seis

En esos años, y no hablo sólo de Zacatecas, tal tipo de experiencias eran más comunes de lo que se suponía. ¿Pero que dos imberbes pasaran por ellas, descalificaba a estos círculos de aprendizaje para los aspirantes a escritores? Categóricamente no. El tallerismo desplegado hacia La Laguna por José de Jesús Sampedro y varios de sus discípulos en otras latitudes después de la era del salvadoreño Miguel Donoso Pareja en San Luis Potosí, ha sido la prueba fehaciente de que aquellos cónclaves fueron (lo siguen siendo) verdaderos seminarios de donde han salidos muchos oficiantes que ahora administran sus propios evangelios.

Para cuando Jorge se alejó del taller, yo tenía más de un año de haber hecho lo propio. Pero ninguno de los dos desistió de las letras. Nomás de los cónclaves. Y lo hicimos para dedicarnos, en un primer momento, a la lucha estudiantil en la que coincidimos en calidad de futuros quijotes de la ley que él sí sería por más de una década. Luego ambos tuvimos nuestro qué ver con la política social: yo desde el entrañable FPZoriginal (hasta antes de que se volviera la caricatura petista que desde hace años succiona las mamas orilleras del presupuesto); él optó por aceptar un perfil electoral junto al desaparecido maestro Pérez Cuevas cuando éste también se inclinó por los artilugios del sufragio. En la medida en que a mí la lucha partidista me producía urticaria desde entonces, y a pesar de que, como última brizna de identidad frentista, fui, en un solo mitin, animador de la candidatura de Salmón a la Presidencia Municipal de Guadalupe, se produciría ahí otro de nuestros desencuentros.

De eso me acuerdo. Pero los desencuentros pronto comenzarían a ser irrelevantes frente a las afinidades literarias posteriores. Y no sólo por ellas. A diferencia de otros conocidos que también se hundieron en su cul de sac, como dicen los franceses (y ahí siguen o ahí murieron como camicaces), Jorge se ganó a pulso nuestra admiración, porque a base de coraje emergió purificado de su vórtice de alcohol. Y tan redivivo salió de su temporada en el infierno que, sin una impronta de capilla, se vino haciendo la obra estética de Jorge (poesía, cuento, ensayo, escultura, fotografía) a lo largo de los años. En ocasiones esto suele ser, en el ámbito estricto de la creación, una ventaja invaluable. Pero durante la joda de encontrar quién te pele para exponer y publicar, resulta todo un intríngulis. El amigo Salmón supo mucho también de ese vía crucis. Y así fue desde su premiada ópera prima editada por la UNAM, Cuando empieza el cantar, hasta Taxi–cuento y Me quedo para siempre.

 

REVISTA INVESTIGACIÓN CIENTÍFICA, Año 6, No. 2, enero–julio 2012, es una publicación semestral editada por la Universidad Autónoma de Zacatecas «Francisco García Salinas». Jardín Juárez No. 147, Zona Centro, Zacatecas, C.P. 98000, Tel. (492) 92-22001, http://investigacioncientifica.uaz.edu.mx/, uazproyectoeditorial@gmail.com. Editor responsable: Georgia Aralú González Pérez. Reservas de Derechos al Uso Exclusivo No. 04-2010-110314325400-102, ISSN: 1870–8196, Licitud de Título No. 000, Licitud de Contenido No. 000, ambos otorgados por la Comisión Calificadora de Publicaciones y Revistas Ilustradas de la Secretaría de Gobernación. Responsable del diseño y última actualización de este número, Proyecto Editorial de la Coordinación de Investigación y Posgrado, Israel David Piña García, Torre de rectoría 2o piso, carretera Zacatecas-Guadalajara km 6, Ejido La Escondida, C.P. 98160, Zacatecas, Zacatecas, fecha de la última modificación, 05 de marzo de 2012.

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